
La literatura como sanación
2025-11-29
Ante la rapidez con la que el devenir diario nos arrastra, tratando de sistematizar las acciones y pidiendo llevar un ritmo desmesurado que compite con el afán de hacer, la literatura, con sus matices de reflexión y profundidad, es el fármaco más efectivo.
Por Cristian Aristizábal.
Ahora, más que nunca, abogo por la lectura. La lectura desde todas sus perspectivas y cuestionamientos. Desde los libros que nos retan a una lectura pausada, hasta los que son un deleite párrafo a párrafo y se agotan rápidamente. Pues ante tanta efusividad que consume el día a día, ante tanto “corre corre” que se ha convertido en el pan diario, queda la lectura: como escape, como guía espiritual o si se quiere, como arma de lucha contra esa enfermedad que llamamos cotidianidad.
Celebro el ejercicio de leer y defiendo a quien lo haga, pero hoy quiero centrar mi reflexión sobre la literatura que inquieta, conmueve, estremece, revuelca, incomoda, a veces desconsuela, pero al final, se convierte en aliciente. Esos libros literarios que se convierten en clásicos porque a pesar de los años que cargan cada vez son más vigentes. Y con esto, no quiero etiquetar las grandes obras literarias como libros de autoayuda. Eso sería una reducción simplista y aborrecedora. A esos grandes escritos los catalogaría como libros de sanación. Una palabra un poco abstracta y tal vez poco sonora, pero es la que obedece al resultado que da el ejercicio de la escritura pausada, detallada y pasional, que se complementa con el deleite de las lecturas que se hacen con las entrañas para tratar de sacarle provecho.
Esto lo digo porque a lo largo de la historia ha habido autores de literatura que tocan el tema de la enfermedad y por contraste directo, el de la sanación. Influenciados por los grandes clásicos (Dostoievsky, Tolstói, Victor Hugo, Alejandro Dumas o Daniel Defoe), escritores del siglo XIX como Thomas Mann, Susan Sontag y Sándor Márai centran varias de sus obras en la enfermedad que permea a uno o varios de sus personajes y por ende, se dedican a reflexionar sobre cómo se afronta esta dolencia. Ahí, por medio de una historia novelada, retratan las contrariedades que nos definen como seres humanos. Y eso es lo grandioso. Es por medio de la escritura como detienen el tiempo y hacen que los ojos de los lectores se enfoquen en una sola cosa: lo que está escrito.
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Ejemplo de ello es el libro La hermana de Sándor Márai, pues allí se aborda un análisis que tiene que ver con la particularidad que tiene el ser humano para enfermar y anhelar la muerte o el deseo de encontrar un motivo para abrazar la vida. Z., el protagonista de la obra, es el ejemplo directo de ese vaivén entre la vida y la muerte, pero, sobre todo, es la representación de la relación existente entre el amor, la pasión y las ganas de vivir. Él ama la vida porque tiene una pasión: la música y E. —personaje femenino de la historia—. Luego, su vida se empieza a deteriorar al tener que alejarse de E., pero el deseo de Z. por querer estar de nuevo con ella es el que aleja sus ganas de morir. Comportamientos muy similares a los de cualquier ser humano: desear… arrepentirse… enfermar… sanar…
Historias como esa, logran encerrar toda la complejidad que aborda un buen escrito, pues en ella hay intriga, trama, cuestionamientos, encuentros, desencuentros, puntos de vista y sobre todo, párrafos de pura lucidez filosófica en donde la mirada se agudiza de tal forma que la novela termina convirtiéndose en un adorno o acompañante secundario para pensarnos la realidad y la existencia misma. Libros y escritores como estos, son los que logran tejer la unión tan próxima que tienen la literatura y la filosofía.
Así pues, la potencia filosófica que tienen los libros “clásicos” que en principio solo se venden como contenedores de descripciones literarias que obedecen a temas de ficción, es un estigma que queda borrado luego de ver cómo perduran estos libros a lo largo del tiempo. Y si lo hacen, es porque en la actualidad están haciendo algo más que entretenernos. Nos están interpelando, cuestionando e incomodando para ir más allá de la anécdota literaria. Es entonces este tipo de literatura una puerta para alivianar la existencia y encontrarle un sentido más crítico.
Esta idea se puede complementar con los postulados del ensayista español José Luis Pardo, quien en su artículo Menos Platón y más Prozac propone que la enfermedad no solo se cura con fármacos. En dicho escrito, presenta la mercantilización que ha tenido un ansiolítico como el Prozac, sosteniendo que esto no es más que una medicina que funciona como antidepresivo, pero que a su vez inhibe el pensamiento. Misma función que cumplen los libros de autoayuda, que tienen muy buena acogida comercial y que por su promoción y formato de presentación, se vuelven fáciles de adquirir y consumir. Campo que termina configurándose como el lugar en donde no hay posibilidad de pensamiento porque todo está presentado en forma de solución. Y con ello no quiero satanizar ese tipo de libros porque como mencioné al principio, defiendo la lectura cualquiera que ella sea. Lo que sí quiero plasmar es lo que se encuentra de un lado y otro, y cómo la gran literatura, por forma y contenido, obedece a otros estándares en los que la reflexión filosófica tiene todo un campo de acción.
Por ello, las grandes obras de literatura que instauran preguntas que van más allá de lo novelado, son las que se convierten en una forma de alivio a la enfermedad que nos persigue día a día, en donde se busca reducir el pensamiento a estándares regularizadores que marchitan la razón y la crítica activa. Ante la rapidez con la que el devenir diario nos arrastra, tratando de sistematizar las acciones y pidiendo llevar un ritmo desmesurado que compite con el afán de hacer, la literatura, con sus matices de reflexión y profundidad, es el fármaco más efectivo.
(Ahí queda una razón más para responder a las preguntas básicas que se suelen escuchar demasiado ahora, que estamos permeados de tecnología: ¿para qué los libros?, ¿para qué leer?).
“La razón no es nada. La pasión lo es todo”.
Sándor Márai
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“Ante la rapidez con la que el devenir diario nos arrastra, tratando de sistematizar las acciones y pidiendo llevar un ritmo desmesurado que compite con el afán de hacer, la literatura, con sus matices de reflexión y profundidad, es el fármaco más efectivo”.
“Pero también es cierto que a lo largo de la vida mutamos, y con ello, gustos, creencias y preferencias cogen un vuelo distinto. Por eso, no creo en el papel del verdugo que rebusca en el pasado para asesinar el presente”.
“Entonces, empezó a disparar y adoptó un arma de lucha: cada día en ese encierro se rebeló ante la escucha obligatoria para dedicarse a derramar tinta sobre las hojas sueltas que lo acompañaban en todo momento”.

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