La melancolía del querer olvidar


Columnistas

2026-08-23

Por Cristian Aristizábal

Quien no recuerda tiene más posibilidades de sobrevivir. No hay anclas al pasado, no hay nostalgia que fatigue, no hay desgaste mental con miras al futuro. Esa es la melancolía del querer olvidar.

¿Pero hay vida sin recuerdo? ¿Se vive queriendo evadir la memoria?

Intentar ir por esta vía es habitar el gerundio. Es el acto que se queda constantemente ejecutando sin finalizar. Es un recurso leve que se da gracias a la imposibilidad de abarcarlo. Y es que hoy, ante la feroz realidad en la que nos vemos sumergidos como país, olvidar es opción, sobre todo cuando buscar palabras es un ejercicio menor porque se está esperando la acción.

Luego de una catástrofe, la amalgama de sentimientos desborda en deseos: de callar, de ayudar, de olvidar, de evitar… Y es allí donde el recuerdo reclama un espacio. Siempre que hay una hecatombe la memoria solicita un sitio y los libros se abren para albergarla. En el sinfín de páginas, son muchas las formas en las que puede resguardarse el pasado, pero si se ha de escoger un género, las palabras de Rafael Cadenas son propicias para entender el poder que tienen las palabras y la forma de utilizarse:
«La poesía no tiene residencia fija. Suele invadir los demás géneros y casi no hay gran libro donde no esté presente. Hasta puede afirmarse que en última instancia no hay literatura, sino poesía. Su carácter envolvente, ubicuo, usurpador hace pensar que ella no es género sino más bien una presencia detrás de los géneros, una presencia tan insinuante que muchas veces prefiere vestidos que no son los suyos, una presencia que se sirve de todas las actividades creadoras del hombre; como un poder previo a cualquier clasificación».

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Acudiendo a la memoria, recuerdo la historia de Primo Levi. Un hombre que, luego de sobrevivir a los campos de concentración Nazi, no evadió la realidad que vivió y la enfrentó por medio de la escritura, sosteniendo que «después de Auschwitz no se puede hacer más poesía que sobre Auschwitz», una frase icónica que daba respuesta a la postura del pensador Theodor W. Adorno, quien sostenía —con matices que pueden ser debatidos en otro ámbito— que la escritura después de lo que se dio en los campos de exterminio era una barbarie. Es de anotar que ese tipo de catástrofe, a diferencia de las ocasionadas por la naturaleza, obedece a una organización deliberada por seres humanos, pero lo que es de resaltar es la capacidad que tienen las palabras para recordar, testimoniar y no permitir que la historia quede fuera del lenguaje.

Bajo este interés de resguardo, el lenguaje se queda corto ante el horror, lo estrambótico y los hechos que nos sobrepasan como humanos. Acudir a la narración detallada, muchas veces reconstruye un relato plano en el que se ahoga la emoción. Sin embargo, la poesía cobija otro matiz, porque cada verso tiene luz y el poder de transmitir. Luego se discutirá si el contenido de esa escritura es óptimo y necesario. Pero lo que sí es claro, es que la forma —poética— es digna de protagonismo, pues más allá de los gustos y las corrientes, el decir poético tiene la capacidad de quedar circulando en el ambiente y resonando en las vidas humanas. Así pues, la poesía tiene un objetivo común en todos los poetas: decir. Decir lo que duele, lo que permanece, lo que se quiere olvidar y aquello que, incluso queriendo olvidarse, reclama ser recordado.

Quizás por eso, luego de una catástrofe, escribir no sea un ejercicio menor. Tampoco una forma de evadir la acción. Es, acaso, otra manera de actuar sobre aquello que acaba de suceder: ponerle palabras, darle un lugar, impedir que se disuelva en el paso de los días. Porque cuando todo parece pedir silencio, la escritura, y por supuesto, la poesía, insiste en decir.

Resulta natural desear que el olvido triunfe, pero no tener memoria es optar por la sobrevivencia. Recordar, en cambio, puede ser una forma de vivir con lo sucedido. Y quizá allí esté la melancolía del querer olvidar: en saber que la memoria fatiga, pero también sostiene. Que mirar hacia atrás puede doler, pero que sin ese regreso corremos el riesgo de dejar sin palabras aquello que nos ha ocurrido.

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Después del desastre, sobrevivir nos liga al olvido. Pero el significado del recuerdo y su permanencia son el estímulo para poder seguir viviendo. Y ahí estarán las palabras, los libros, la poesía…

Aquí, vuelve a resonar Rafael Cadenas, esta vez con sus versos:
«¿De dónde sale la fuerza cuando sigo? Soy el sordo, el exabrupto, el golpe
en la mejilla, el veneno de la suavidad, el manto del loco, el que hostiga al
fervor, el sórdido tubo, la ciénaga sin fulgor, la horma de nuestra ignorancia,
el que se hace, se deshace, se hace»
.

Queda la búsqueda de la fuerza para vivir y darle paso a una voz. Una voz que transmite y transforma. Una voz que vive, que crea lazos en cercanía y puentes en lo que parece imposible conectar. Y es ahí donde el recuerdo se convierte en un propulsor de energía: unas veces para llorar, otras para reír, pero en ambos casos para ir en conquista de la vida. Sobrevivir quizá exija olvidar, pero enfrentar la vida, abrazarla y verla a la cara exige que el recuerdo sea la garantía del vivir.

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