
Volver a la mesa un acto revolucionario
2026-07-12
Al final, las sociedades no solo se sostienen por lo que producen o consumen. También se sostienen por las mesas que todavía son capaces de reunirlas; escucharnos, acompañarnos y compartir es una revolución urgente en la actualidad.
Por Valentina Petro Carmona.
Algunas revoluciones hacen ruido, otras se mantienen discretas y casi invisibles; algunas terminan en titulares y plazas, otras se mantienen en abrazos, conversaciones y muestras de afecto. Algunas de ellas suceden alrededor de la mesa y aunque parecen estar perdiendo terreno es importante hablar un poco de ellas.
La mesa fue uno de los lugares donde aprendimos a ser humanos, donde alguien nos enseñó a esperar a los demás para comer, a repartir el último pedazo, a compartir, a dar las gracias, a escuchar mientras los otros hablaban. En ella aprendimos que alimentarse no solo es una necesidad biológica, sino también una manera de comunicarnos, de construir familia, comunidad e identidad. Allí también guardamos las memorias de nuestros pueblos, recetas heredadas, historias, afectos y esencia de cada región. Un archivo vivo de quienes fuimos, de lo que somos y lo que pasa de forma generacional.
Sin embargo, aquello que durante siglos fue un espacio cotidiano de encuentro comienza a desaparecer silenciosamente. Actualmente estamos atravesando una época en la que tenemos muchos medios para comunicarnos y, paradójicamente, pocos espacios para conversar. Se desayuna con prisa, se almuerza frente a pantallas, cenamos acompañados de la luz del teléfono, comemos más rápido y compartimos menos. Vivimos conectados con el mundo y, al mismo tiempo, cada vez más desconectados entre nosotros.
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Una alimentación saludable no depende únicamente de los nutrientes que contiene un plato. También importa el contexto en el que ese plato se comparte. Hay evidencia científica que nos muestra que las comidas familiares frecuentes se asocian con mejores hábitos alimentarios en niños y adolescentes, menor consumo de productos ultraprocesados, mejor salud mental y mayores niveles de bienestar en todas las etapas vitales. Sentarse a comer juntos también es una forma de cuidarse.
En un país como Colombia, acostumbrado a las fracturas y la polarización, la solidaridad ha tenido que surgir desde los hogares y las comunidades antes que desde las instituciones. La comida ha sido también una expresión de resistencia y un reflejo de cómo se construye la sociedad: las ollas comunitarias que aparecen en tiempos de dificultad, el vecino que comparte parte de su cosecha, la abuela que cocina «por si alguien llega», la familia que siempre hace espacio para un invitado inesperado, las donaciones de alimentos, los comedores de caridad… Todos son recordatorios de que alimentar a otro es una de las formas más profundas de decirle: «Aquí tienes un lugar, aquí cabemos todos». Cuando compartimos la comida, también compartimos quiénes somos y la historia de lo que hay detrás de nuestra historia y cultura.
Tal vez por eso valga la pena defender algo tan sencillo como una comida compartida. No porque una mesa vaya a resolver los problemas sociales, económicos o políticos que enfrentamos, sino porque en ella todavía sobreviven valores que el mundo necesita con urgencia: la escucha, la paciencia, la generosidad y la capacidad de reconocer al otro. El alimento sostiene el cuerpo, pero la compañía sostiene el deseo de seguir alimentándolo.
Quizá las grandes transformaciones no siempre comienzan en los escenarios del poder. Tal vez empiezan allí donde alguien sirve una porción más para quien acaba de llegar, donde una familia decide apagar el celular durante la cena o donde un niño aprende que compartir el pan también es una forma de compartir la vida. Porque, al final, las sociedades no solo se sostienen por lo que producen o consumen. También se sostienen por las mesas que todavía son capaces de reunirlas; escucharnos, acompañarnos y compartir es una revolución urgente en la actualidad.
«Al final, las sociedades no solo se sostienen por lo que producen o consumen. También se sostienen por las mesas que todavía son capaces de reunirlas; escucharnos, acompañarnos y compartir es una revolución urgente en la actualidad».
«Cuidar la infancia y la adolescencia es, también, cuidar la forma en que aprenden a mirarse y a alimentarse. Porque un cuerpo que se habita con respeto y se nutre sin miedo tiene más posibilidades de convertirse en un territorio de bienestar y no de lucha».
«La lonchera y el plato escolar no deberían competir. Deberían complementarse bajo un mismo mensaje: el cuerpo merece y necesita alimentos que lo nutran».

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