
Prometo no llamar
2025-11-02
“La foto del premio se tomó al final. Y en ella estoy yo, con una sonrisa que es solo de hoy. No del ayer. Prometo no llamar. Prometo, sobre todo, no quedarme mirando atrás cuando la vida me pide, a gritos, que siga caminando”.
Por Juan Andrés Valencia Arbeláez.
Hay un momento incómodo, que les pasa a la mayoría de las personas, que sigue a casi todo logro. Un silencio que se cuela entre los aplausos, un hueco en la celebración que tiene la forma exacta de alguien que ya no está. Recientemente, me sucedió con unos premios. Mientras sosteníamos la distinción, buscando la mejor pose para la foto oficial, mi mente no estaba en el fotógrafo ni en los compañeros que me rodeaban. Estaba buscando, absurdamente, a una persona específica. La persona que, en otro tiempo, hubiera sido la obvia para tomar esa foto, o incluso para aparecer en ella, compartiendo el triunfo.
Es una sensación paradójica y común. La culminación de un sueño, en lugar de lanzarnos únicamente hacia adelante, activa un mecanismo de retroceso. De repente, el camino recorrido se proyecta como una película en la que somos espectadores de nosotros mismos, y en cada escena clave vemos los rostros de quienes entonces caminaban a nuestro lado. Compañeros de universidad con los que soñábamos este momento, amores que escucharon nuestros primeros balbuceos sobre el proyecto, amigos que aguantaron nuestras quejas en las noches de frustración.
Y entonces surge el impulso, casi un acto reflejo del corazón: “Tengo que contárselo”. Queremos marcar ese número que ya no está en nuestros contactos, escribir ese mensaje que nunca enviaríamos. No por orgullo, sino por la necesidad visceral de cerrar un círculo con quien lo ayudó a trazar. Es la génesis de esa frase que se ha popularizado como un susurro colectivo en las redes sociales: “Prometo no llamar”. Es un pacto que hacemos con nosotros mismos, un juramento en voz baja para no ceder a la nostalgia. Porque sabemos que esa llamada no sería para el presente, sino para un fantasma del pasado.
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La nostalgia puede ser romántica, un dulce veneno que nos hace creer que los mejores días ya pasaron. Le da un tono sepia a los recuerdos y nos convence de que lo que queda atrás fue más auténtico, más valioso. Pero esta mirada constante al retrovisor tiene un coste altísimo: nos impide ver el camino que tenemos por delante. Congelamos parte de nuestra alegría actual por una lealtad mal entendida hacia versiones antiguas de nuestra vida y de nosotros mismos.
Al querer contarle el triunfo a quien ya no está, en el fondo, lo que a menudo buscamos es su validación. Queremos que esa persona testifique que, efectivamente, lo logramos. Que el esfuerzo valió la pena. Que teníamos razón al creer que podíamos. Pero si tenemos que buscar fuera, y en el pasado, la confirmación de nuestro presente, es que algo falla. La celebración se vuelve agridulce porque le falta el ingrediente principal: nuestra propia presencia plena en el momento.
Al final, “prometo no llamar” es más que un mantra para evitar una situación incómoda. Es un acto de coraje y de autoafirmación. Es la decisión consciente de habitar completamente nuestro éxito, con toda su luz y sus sombras. Es entender que las personas que estuvieron en el camino fueron capítulos cruciales, pero el libro lo estamos escribiendo nosotros ahora, con nuevas personas a nuestro lado o, a veces, con nuestra propia y valiente compañía.
La foto del premio se tomó al final. Y en ella estoy yo, con una sonrisa que es solo de hoy. No del ayer. Prometo no llamar. Prometo, sobre todo, no quedarme mirando atrás cuando la vida me pide, a gritos, que siga caminando.
«Cuando todo el mundo opina sobre todo, la dificultad no es encontrar respuestas, sino decidir cuáles ignorar».
«Y seguirá repitiendo la liturgia de esta, su vida elegida, jornada tras jornada: ser guardián de la soledad del monasterio sobre la montaña».
«Ella sabía que aquel alboroto solo podía significar una cosa: una mujer estaba a punto de parir y necesitaba de su ayuda».

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