Punk, anarquía y economía


Columnistas

2025-11-24

Por John Chica. Colaboración con Oriente Capital (@oriente.capital).

A mediados de los años 70, el punk emergió como movimiento que fusionó música enérgica, estética anticonvencional y filosofía rebelde. Aunque tradicionalmente se ubica su origen en Inglaterra, existe debate sobre sus raíces: algunos historiadores apuntan a Perú, donde bandas como Los Saicos anticiparon la actitud punk años antes. Con canciones cortas, guitarras distorsionadas y letras directas, el punk se definió por su independencia radical y su oposición frontal al sistema establecido. No fue solo música, sino protesta viva contra el capitalismo desenfrenado y la desigualdad estructural.

Esta disidencia económica está en su ADN. Los Sex Pistols atacaron el establishment británico, mientras que, en Argentina, Los Violadores cuestionaban las estructuras de poder y en España, Eskorbuto denunciaba la precariedad cotidiana.

La tensión entre anarquía y economía la capturó magistralmente el escritor y filósofo portugués Fernando Pessoa en “El banquero anarquista”, donde un antiguo revolucionario argumenta que acumuló riqueza para liberarse del sistema: solo siendo económicamente independiente podría ser verdaderamente libre, sin depender de patrones ni Estado. La paradoja es brutal: ¿puede el capital ser herramienta de liberación?

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El punk latinoamericano y español ha mantenido vigente esta crítica con un matiz visceral. En Perú, Narcosis lanzó en 1985 “Primera Dosis”, crudo manifiesto contra la marginación social. Dos Minutos, desde el sur del Gran Buenos Aires, cantó sobre la marginalidad urbana, la explotación laboral y la exclusión económica. En Brasil, Os Porcos Cegos destilaban rabia contra la dictadura militar y sus secuelas neoliberales. En Colombia, La Pestilencia fusionó el punk con otros géneros como hardcore y metal para denunciar la violencia sistémica, mientras que el punk paisa merece mención aparte por su crudeza y autenticidad. Medellín, marcada por la violencia del narcotráfico y la exclusión social de los años 80 y 90, parió una escena punk feroz y sin concesiones. Bandas como Mutantex y Fértil Miseria convirtieron las comunas en territorio de resistencia sonora. Su punk no era pose: era supervivencia, grito desde los barrios olvidados donde la economía informal era la única opción y el Estado brillaba por su ausencia. Estos grupos documentaron en tiempo real la descomposición social del modelo económico que condenó a generaciones enteras a la marginalidad, haciendo del punk no solo protesta, sino crónica urgente de una ciudad en guerra consigo misma. Otros grupos destacados como I. R. A. atacaron la corrupción política, G. P. criticó la hipocresía de la sociedad y el vacío moral del consumismo, y Ácido Folklórico profundizó en las brechas sociales entre lo urbano y lo rural, cuestionando el fascismo y el militarismo como respuesta a la lucha social. Actualmente bandas como Los Suziox han tomado las banderas de este movimiento, incorporando una nueva comprensión para los viejos problemas, un punk que se va transformando de lo contestatario a lo propositivo a través de una manera de analizar —y una crítica— mucho más rigurosa histórica y económicamente.

En el Oriente antioqueño, una banda muy destacada en este sentido fueron los cejeños de Atrapadxs en el tiempo, quienes realizaron una crítica demoledora al status quo, a la tradición conservadora, al servilismo, a la guerra, a la religión y a la criminalización de la protesta social.

Estas bandas entendieron que la economía no es abstracta: determina quién come, quién tiene techo, quién sobrevive. Hoy, cuando la desigualdad se encuentra en niveles obscenos, el punk nos recuerda que la economía es también política, ética y resistencia.

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    “No deberíamos poder estar por ahí vendiendo opiniones como verdades absolutas. La economía no es una religión, es una ciencia humana, por lo tanto, no hay verdades absolutas”.