
La sociedad de las excusas, sin excusas
2025-10-05
“Vivimos en una sociedad que fabrica excusas para maquillar sus renuncias, pero la verdadera transformación comienza cuando dejamos de justificarnos y asumimos la responsabilidad plena de lo que hacemos y dejamos de hacer”.
Por JAVA.
Las personas siempre han tenido la costumbre de fingir “cortesía” para justificar sus irresponsabilidades, o falta de compromiso, con “razones válidas” para evitar desaires o quedar mal frente a algo o alguien, ya sabes, el típico “no puedo ir porque me enfermé” o “algún pariente mío ha llegado de visita” o “no escuché tu llamada” o “no tenía internet para contestar”, o hasta hay casos en los que se llega a “matar” simbólicamente a familiares para poder no hacer o aplazar algo determinado.
No es algo moderno, es algo tan antiguo, quizás como la historia misma, esta falta de honestidad en la que se basa nuestra sociedad, en la que se ve muy mal tomar responsabilidad de los propios actos y rechazar una salida con alguien por la razón que sea, o reconocer que no se logró o no se podrá terminar una labor en determinado tiempo porque se procrastinó. Y en cierta medida, ha funcionado para mantener las etiquetas sociales, ¿pero qué pasa cuando llevamos esta premisa a nuestra vida íntima (aquella que es yo con yo)?, porque esto sucede frecuentemente, y esa falta de rectitud termina por llevarnos a una vida más insatisfecha e infeliz, porque se puede engañar a todos menos a uno mismo.
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Con el avance de la modernidad y su tecnología, cada vez son menos las excusas que se pueden usar para justificar el no cumplimiento de las propias metas y por ende del proyecto de vida. Antes se podían decir cosas como “no aprendí otro idioma porque no había quién me enseñara” o “no estudié porque la universidad quedaba lejos”. Hoy, la información está a un clic, con cursos gratuitos, aplicaciones móviles y bibliotecas digitales al alcance de la mano. El problema ya no es la falta de oportunidades, sino la falta de decisión.
“No busco pareja porque no me ha llegado la persona indicada”. Hoy, esa excusa se derrumba con la cantidad de aplicaciones de citas, redes sociales y comunidades digitales que permiten conocer personas con intereses afines en cualquier parte del mundo. Nunca antes fue tan fácil conectar, conversar y explorar posibilidades. El problema ya no es la falta de opciones, sino la falta de disposición emocional o el miedo al rechazo.
“No visité a mis padres porque estaba muy cansado”, “no le deseé feliz cumpleaños a mi amigo porque no tuve tiempo” o “no fui a ver a mis abuelos porque llovía”. La modernidad ofrece múltiples formas de mantener el contacto: videollamadas en WhatsApp, Zoom o Google Meet, mensajes de voz, fotos en tiempo real. Incluso se pueden programar recordatorios en el celular para no olvidar una llamada. Lo que antes requería presencia física hoy puede sostenerse con la tecnología. Decir “no pude” ya no es válido: en realidad, es que no se quiso priorizar ese vínculo.
“No hago ejercicio porque no tengo tiempo”. Hoy existen rutinas de entrenamiento de 5, 10 o 15 minutos en YouTube, aplicaciones que guían paso a paso, relojes inteligentes que sugieren pausas activas, e incluso entrenadores virtuales con planes personalizados. Ya no hace falta pagar una costosa suscripción a un gimnasio ni dedicar horas enteras: con un espacio de dos metros cuadrados y un celular se puede entrenar. Entonces, ¿el problema es la falta de tiempo o la falta de disciplina? Y así como estos, existen muchos ejemplos más.
Vivimos en una sociedad que fabrica excusas para maquillar sus renuncias, pero la verdadera transformación comienza cuando dejamos de justificarnos y asumimos la responsabilidad plena de lo que hacemos y dejamos de hacer. Reconocer con honestidad que no queremos, que no hemos podido o que simplemente no es prioridad, es más liberador que inventar pretextos.
Quizá el primer paso hacia una vida más auténtica y menos frustrada sea ese: dejar de buscar coartadas y aceptar que lo que no hacemos no es por falta de tiempo, dinero o suerte, sino porque hemos decidido no hacerlo. Y ahí, sin excusas, comienza la verdadera libertad.
«Cuando todo el mundo opina sobre todo, la dificultad no es encontrar respuestas, sino decidir cuáles ignorar».
«Y seguirá repitiendo la liturgia de esta, su vida elegida, jornada tras jornada: ser guardián de la soledad del monasterio sobre la montaña».
«Ella sabía que aquel alboroto solo podía significar una cosa: una mujer estaba a punto de parir y necesitaba de su ayuda».

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