La ansiedad por compartir la vida: el «yo viví» como obligación


Columnistas

2026-09-13

Por Juan Andrés Valencia Arbeláez

I. Un desayuno quemado y mil testigos

No sé si a quien lee esto le ha llegado a ocurrir: entras a un restaurante y, antes de que llegue el menú, ya hay tres celulares apuntando al plato que acaba de salir de la cocina. Nadie ha probado bocado, pero todos han inmortalizado la escena. Caminas por el parque un domingo y ves a alguien deteniéndose cada cincuenta metros, no para descansar, sino para capturar «el ángulo bueno» de un sendero que ha recorrido cien veces. Abres Instagram o WhatsApp y ahí está: el desayuno quemado de tu amiga Paula con una historia que dice «otro día más sobreviviendo a mí misma» y una risa —a veces demasiado fingida— que ella encontró tan graciosa como para merecer una publicación.

Y no se trata de Paula; de hecho, está muy bien cuando una persona muestra que no es perfecta o actúa sin importarle la opinión ajena. Se trata más bien del café de la mañana con una taza puesta en el ángulo perfecto, el plato de comida fotografiado antes de comer, la rutina de ejercicio narrada en tiempo real, el trayecto al trabajo convertido en una historia de quince segundos, el libro que se empieza a leer, la cama recién tendida, el atardecer visto desde el balcón de siempre… que en sí no tienen nada de malo, pero reflejan cada vez más ansiosamente un sentimiento profundamente humano, pero sin dar respuesta de fondo al mismo.

Hace no muchos años, la cámara y, junto con ella, el rollo fotográfico que había que revelar y que costaba dinero, se reservaba para lo excepcional: un cumpleaños, una graduación, una boda, ese reencuentro con un amigo que vive lejos y al que quizás no volverás a ver en años. Fotografiar era un acto deliberado, casi ceremonial, reservado para lo que de verdad iba a valer la pena recordar.

Hoy el registro se ha vuelto continuo. No documentamos momentos: documentamos la existencia entera, en fragmentos sucesivos, como si la vida solo se validara en la medida en que deja rastro visible para otros, es decir, un deseo de trascendencia y validación. A medida que esto va ganando más fuerza, incluso lo verdaderamente esencial o importante también deja de serlo porque se vuelve paisaje.

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II. «Ansiedad por compartir la vida»

Es tentador —y hasta cómodo— resumir todo esto con la etiqueta de «ansiedad por compartir la vida». El problema es que esa frase, tal como se entiende hoy, invierte su sentido original. Compartir la vida, en su acepción más antigua y más humana, significaba estar presente en la vida del otro: acompañar, sostener, atestiguar de cerca las alegrías y las pérdidas de alguien a quien de verdad le importamos. Compartir la vida era, ante todo, un verbo de cercanía.

Lo que hacemos ahora con el desayuno quemado de Paula no es compartir su vida: es exhibir un fragmento editado de ella ante un público que, en su inmensa mayoría, no la conoce, no la va a llamar si tiene un mal día y probablemente olvidará la publicación en cuestión de segundos. El filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han, en La sociedad de la transparencia, ofrece una idea muy útil para entender este fenómeno: describe cómo las plataformas digitales funcionan como una especie de vigilancia que ya no se impone desde afuera, sino que cada persona adopta por cuenta propia, convencida de que exponerse es sinónimo de libertad. Nos exponemos porque el propio sistema nos convence de que exponernos es una forma de libertad, cuando en realidad es una forma de rendimiento: hay que mostrar que se vive, que se disfruta, que se hace ejercicio, que se come bien, para demostrar —ante los demás y ante uno mismo— que la vida está siendo «aprovechada»; de lo contrario, ¿quién puede dar fe de mí?

Ya en 1967, mucho antes de que existieran las redes sociales, el filósofo Guy Debord advirtió en La sociedad del espectáculo que las sociedades modernas tienden a convertir la vida entera en una sucesión interminable de imágenes, de modo que lo que antes se experimentaba de forma directa termina desplazado por su propia representación. Esa idea, pensada originalmente para hablar del consumo y de los medios masivos, describe con una precisión incómoda lo que ocurre cuando alguien deja de disfrutar su paseo por el simple hecho de estar pensando en cómo lo va a publicar, para que otros, incluso él mismo, puedan apreciarlo, pero sin llegar a sentir la emoción que antes daba ver una foto antigua en papel donde había pasado algo que mereció ser eternizado. En conclusión, el momento deja de vivirse: se produce para ser visto.

Y ahí está el verdadero desmérito. Cuando todo se fotografía por igual —el café, el gimnasio, la comida, la siesta—, el gesto de sacar la cámara pierde su carga simbólica. Ya no distingue lo extraordinario de lo cotidiano; lo nivela todo. Se pierde la magia del ritual: esa pausa consciente que antes convertía una graduación o un reencuentro en un acontecimiento memorable, precisamente porque no se repetía todos los días. Cuando se fotografía todo, en el fondo no se atesora nada.

III. Lo que la filosofía ya sabía: el miedo a desaparecer sin dejar huella

Pero sería injusto —y poco riguroso— quedarse solo en la crítica moral de «estamos demasiado pendientes del celular». Detrás de este comportamiento hay algo más antiguo y más humano de lo que parece: el deseo de trascender, de dejar constancia de que «yo estuve aquí, yo viví esto, ¡yo existí!».

El antropólogo y psicólogo Ernest Becker, en su obra La negación de la muerte, sostuvo que buena parte de la actividad humana es, en el fondo, un intento simbólico de escapar de la conciencia de la propia mortalidad. Según su planteamiento, las culturas ofrecen a sus miembros un sistema de creencias que funciona como segunda línea de defensa frente a esa impotencia original: participar en algo que sentimos duradero —una familia, una obra, un legado— nos da la ilusión de trascender la muerte y de que, aunque el cuerpo desaparezca, algo de nosotros permanece. Antes, esa trascendencia se buscaba construyendo una familia, escribiendo un libro o dejando una obra. Hoy, para muchos, ese «proyecto de inmortalidad» parece haberse reducido a una publicación: un registro digital, minúsculo pero acumulativo, que dice «esto me pasó, esto fui, aquí estuve».

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Martin Heidegger, por su parte, definió al ser humano como un «ser-para-la-muerte»: una existencia que solo se vuelve auténtica cuando toma plena conciencia de su propia finitud. Para Heidegger, no es la negación de la muerte, sino su aceptación consciente, lo que empuja a vivir —y, podríamos añadir, a querer dejar registro— de manera significativa. El impulso de fotografiar cada instante podría leerse, entonces, no como simple vanidad, sino como un intento torpe y apresurado de responder a esa misma inquietud milenaria: si todo es finito y todo se olvida, al menos que quede la evidencia para que otros puedan dar fe de mí.

El matiz importante, sin embargo, es que esta búsqueda de trascendencia funcionaba mejor cuando se canalizaba en actos con verdadero peso —una obra, una relación, un legado— y no en la acumulación de instantáneas indistinguibles entre sí. Ahí es donde el gesto filosófico original se traiciona: no es que esté mal querer dejar huella; es que hemos confundido dejar huella con generar contenido. El «yo viví» de los griegos, de los monumentos funerarios, de los diarios íntimos escritos para nadie más que uno mismo, el de las grandes proezas o el de construcción de una familia, se ha convertido en un «yo publiqué», medido no en sentido, sino en visualizaciones.

Quizás el verdadero desafío no sea dejar de fotografiar (eso de hecho está bien, el poder intentar vivir cada momento como si fuera único —aunque esa es una reflexión aparte—), sino recuperar la capacidad de disfrutar el «estar-en-el-momento-presente», sin testigos, sin registro y sin la necesidad urgente de demostrarle a nadie que, en efecto, estuvimos ahí, aunque eso signifique no poder tomar una foto o grabar un video.