Un cuento (cada cinco): El chancleteo de la vida


Columnistas

2026-09-27

Por Cristian Aristizábal

Al levantarse en la mañana no encuentra más palabras que las de siempre. El buenos días no se escucha en casa. Un buenos días que no resuena por falta de emisor y receptor porque la mesa está a merced y servida para dos. El lienzo de su mente no ha sido pintado con otra cosa que el despertar a secas, con el sonsonete del trajín devastador de los días interminables de trabajo y la afonía abrumadora que abraza la casa cada noche.

Rutinario. Secuencial. Envolvente. Interminable. El despertar es la antesala del día y la noche es el reinicio del eterno retorno a la monotonía.

Al salir de casa, la sequedad de las pocas palabras que dibujan su ambiente sigue predominando. Es tan distante la emotividad del día a día, que ante la ausencia del buenos días se antepone el silencio en el que no tiene cabida el adiós.

Cualquiera dirá que la casa está habitada por mudos. Sería una salida fácil para una mente insensible que tenga la fiel convicción de que el lenguaje solo se emite con palabras. Pero los brazos hablan, el cuerpo se expresa, la mirada convoca. Ser mudo no da cuenta de la atmósfera que se evidencia en el refugio de dos seres que coinciden en el mismo espacio al anochecer y al despertar. Es la realidad del día a día. No se dibuja otro panorama más que el de la frialdad y el desánimo. Características que abonan un solo camino: el de la rabia.

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Resumen: no hay buenos días, no hay adiós. Sale y con su mano izquierda abre la puerta del vehículo que logró obtener la misma semana que le dieron la casa. Chancletea de dos a tres veces para poder arrancar el motor. Motivo suficiente para que el aire frío y chocante se mezcle con el olor embriagador de carro viejo. De dos a tres minutos es el tiempo recomendado para que el aceite que reposó toda la noche abrace y lubrique el cuerpo automotriz. Eso en los demás carros. En este se debe esperar 12 minutos al ritmo del pie derecho que golpea el acelerador. 12 minutos menos de cama si se quiere salir a la hora indicada.

A las 5:30 a. m. mete el primer cambio, al meter el segundo debe regresar a neutro porque el semáforo de la esquina está en rojo. Un color que puede ser cálido, pasional, efusivo. Pero no hay buenos días, no hay adiós, hay humo quemado y el rojo es color crudo, sangriento y hostigador. El despertar es la antesala de la hostilidad del mundo.

La luz verde del semáforo ilumina la calle y la parte delantera del carro. Anuncia el reinicio de la marcha para esta vez darle a fondo. Pero es carro viejo, se revoluciona a medida que aumenta la velocidad y tiembla cada vez que escala en la caja de cambios. La gran hazaña es desear una velocidad de 120 km/h para poder alcanzar al menos los 80 km/h en línea recta sin que sufra mucho el aparato que ha endiosado desde que tuvo con qué comprarlo. Es un cucarrón modelo 67 con pintura y cojinería original. Producto de admiración para los que pasan en sus camionetas último modelo. Ante la mirada externa es una reliquia. Para él es la monotonía y el atascamiento de un objeto preciado que lleva 45 años rodando. Tiene el motor pegado, la silla atascada, las farolas opacas y los rines desviados. El deseo se convierte en utopía.

Reconstrucción: no hay buenos días, no hay adiós. Hay humo quemado, ama el recuerdo de su carro nuevo, odia seguir moviéndose en lo que se ha convertido ese aparato, pero se queda allanado en la melancólica parodia de aferrar su vida al buenos días y al adiós de su pareja, como antes. Pero ella ya no está.

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