El fruto de tu vientre


Columnistas

2026-07-19

Por María Gabriela Pavas Álvarez.

Una mañana de junio me alcanzó Liliana, íbamos por la carretera que conduce hacia la vereda La Cabaña, en el municipio de La Unión, donde resido. Liliana, de quien guardo su nombre de pila en mi memoria, llevaba al hombro un azadón y en sus manos un balde de pintura vacío; también tenía el morral terciado a su espalda, seguramente con el desayuno y el almuerzo para más tarde.

Caminamos juntas por algunos minutos, conversamos y me contó que iba a arrancar papas a la papera que estaba al frente del morro Peñas. Hay que trabajar en lo que resulte —dijo—. Tengo que ganarme la vida para sostener al niño, porque soy madre soltera y no tengo quien me ayude; así que vengo toda la semana por estos lados, me reciben en el trabajo a las ocho, porque debo dejar al niño en la escuela a las siete y media.

Mientras caminamos, hablamos de la frescura del día, del clima propicio para trabajar, de cuántos baldados de papa debía arrancar para ganarse el día y así poder regresar tranquila al pueblo a recoger al niño de la escuela, «al fruto de su vientre». Por último, nos dijimos nuestro nombre y nos despedimos. Liliana se adentró en el cultivo, donde había ya otras mujeres, agachadas, recogiendo papas, revolcando los hilos con manos, uñas y azadón, en busca del fruto de la tierra.

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Quisiera mencionar la admiración, el respeto y el cariño que muchas personas tenemos hacia las madres solteras, decirles que ellas son mucho más de lo que algunas veces creen, cuando se sienten solas o sin fuerza para continuar su camino. Decirles que sí son distintas, que tienen las manos ásperas y lisa el alma, que distinta es su risa, y contagiosa la fortaleza y la soledad.

A continuación, un poema para alguna madre, amiga, hermana o hija.

Tú, sí, tú…
La madre sin edad, la niña, la obrera, la jardinera;
la que no teme a la lluvia;
la que danza sobre las piedras desnudas.
A ella que canta y ríe mientras llora;
que cura con lágrimas sus heridas.
La que sueña con que sus hijos duerman
y moldea su alma a solas.
Tú, sí, tú…
La cortadora de flores;
la que recibe la rosa que cayó del yugo de las novias;
la doncella, la madre soltera,
el hada que no vuela.
La estrella que da a luz en la tierra.
Ella que teje vida en el nido que se rasga;
y desteje la tristeza en un dulce silbo de flauta.

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