Los engaños de la riqueza


Columnistas

2026-10-17

Por Carlos Hincapié

Trabajar durante los últimos años en centros educativos de carácter privado me ha permitido identificar un fenómeno constante y avasallador: el espectáculo del dinero nubla y estrecha la vista. Se trata de un flujo permanente de objetos y bienes impresionantes (¡porque impresionan! Todo debe decirse), con los cuales se construye una aparente idea de poderío, superioridad y autosuficiencia. Y en la superficie de las relaciones humanas, en términos de la construcción de una realidad puntual y específica, esas ideas cumplen su propósito y gracias a ellas se fabrica una fachada, una máscara, un cubo de cristal. Sin embargo, la constante interacción con este tipo de individuos durante las clases diarias me ha permitido ver un poco más allá de la frágil capa de la superficialidad, averiar la fachada, rasgar la máscara y agrietar el cristal. En efecto, los que han sido mis estudiantes son bastante ricos en bienes, pero esa misma riqueza lo único que ha intentado es ocultar un gran cúmulo de carencias de todo tipo (menos materiales, por supuesto). Es una lista extensa y agobiante, repleta de escasos bienes intangibles. No empezaré a hacer un inventario de ellos porque la intención de esta columna no es enumerar para luego sintetizarlos en un juicio de valor. El propósito es aún más humilde y sencillo: poner de manifiesto los engaños de una riqueza material que obnubila la mirada, los propósitos y las interacciones humanas. Por tanto, aunque a los estudiantes les sobren los iphones 17 pro max para pedirle ayuda a siri o chat gpt, los relojes rolex para mirar la hora de salida y las camionetas land cruiser en las que son transportados; la carencia de afecto se agudiza lentamente al punto de ser casi imperceptible e inclusive, se normaliza su existencia en todas sus formas. Y así, los estudiantes van avanzando de grado en grado sin herramientas socioemocionales, sin empatía ni compasión, guiados por una especie de mantra que afirma: «Todo se vende, todo se compra». Todo, sin excepción alguna. Y esa lapidaria sentencia se sustenta y se valida con bastantes cifras en las cuentas bancarias. Pero, aun así, me permito preguntar (como probablemente lo habrá hecho alguna vez Francisco de Asís en sus peregrinaciones): ¿cuán pobre es quien solo dinero posee? Para finalizar, un poeta brasileño de nombre Carlos Drummond de Andrade escribió en 1989 un poema titulado ‘Yo, etiqueta’, y en unos de sus versos describe muy bien lo que he tratado de exponer: «Ya no me conviene el título de hombre, Mi nuevo nombre es cosa, Yo soy la cosa, cosamente».

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    «Y así, los estudiantes van avanzando de grado en grado sin herramientas socioemocionales, sin empatía ni compasión, guiados por una especie de mantra que afirma: ‘Todo se vende, todo se compra’. Todo, sin excepción alguna».

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